La belleza flotaba a menos de medio metro del suelo en una plaza de Malasaña. Lucho la miraba desde unas cejas arqueadas, casi perfectas. Los ojos abiertos, grandes, redondos, despiertos. De repente era un perro buscando caricias, un gato sibilino y expectante, una araña debajo de su falda. Entonces ella era una mariquita, un caracol, una sirenita. No podía siquiera mover un dedo. No podía siquiera pensar en moverlo.
(La única sensación de movimiento venía de un grupo de músculos que, gracias a un alemán que no era Hegel, llevaba ejercitando desde la universidad.)
De pronto, Ana se sorprendió a sí misma pensando en si esas inexplicables propiedades del cemento de la plaza se debían al espíritu de la heroica bordadora o al de Antonio Vega, pues en esas baldosas había una energía que lo mismo era digna de la resistencia a los franceses como de un concierto de Nacha Pop en los ’80.
(En efecto, en ese momento cualquiera de los dos hubiera podido cantar a viva voz “un día cualquiera no sabes qué hora es, te acuestas a mi lado sin saber por qué” y sentirse plenamente identificado. Por lo demás, Lucho no era francés, pero a Ana le parecía tan irresistible como si lo fuese…)
Entonces la noción del tiempo quedó suspendida y los segundos vinieron con limas y hierba buena. Vinieron con besos de lenguas tibias y traviesas. Lenguas exploradoras, inescrupulosas, lacerantes. Lenguas que fueron Alicias multiplicadas en el barrio de las maravillas, que pasearon ciegas en cortos paseos y se abrazaron en largos letargos de escaparates ajenos.
(Ahora la belleza medía casi dos metros de altura y le soltaba besos espontáneos sin enjuague bucal. La mano era suya y hacía lo que quería).
De repente, entre dos mordiscos, la llamaba peligrosa. Entonces cambiaba la década y Ana se montaba en un coche mirándolo fijamente y sin cerrar las piernas mientras le canturreaba “Hold on tight! You know she’s a little bit dangerous” a modo de advertencia. Y a eso correspondían los brazos sueltos de Lucho, que bailaba, bailaba torpe, bailaba apenas. Se ponía pelucas, gritaba y corría, a veces reía y a veces mordía.
(Entonces Ana pensaba que él era como el spaghetti travieso de una canción para niños, lo que lo convertía en un plato mucho mejor que unos macaroni and cheese una noche de borrachera.)
Más tarde hubo un ascensor y la belleza explotó a diez metros bajo tierra. También hubo una plaza más redonda con bancos más cómplices a la hora de mojar maderas. Ana se quitó las bragas y le sopló un refrán; el se tropezó en su vientre y patinando anduvo. Sucumbió a su vicio, le chasqueó las nalgas, le comió la boca, se enredó en sus piernas. Y si bien el de Lucho era un patinar de pantalones que nunca se bajan -que a veces se caen, pero que no se bajan-, no hace falta decir, amigos, que Lucho le manchó la falda.
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