20 de julio de 2010

“No sé por qué me consideran una freak cuando digo que me tomo la vida en modo telefilm”, le había dicho su amiga la noche anterior mientras trataban, con mojitos, de olvidar el día que sería conocido, de allí en más, como “el día en que Ana se comió la guindilla”. Pero esa era una historia que, aunque reciente, no le apetecía recordar. Sin embargo, no pudo evitar quedarse pensando en qué había sido lo primero. ¿Un comportamiento femenino digno de estereotipar y llevar a la pantalla grande o unas escenas memorables protagonizadas por féminas desesperadas que luego serían imitadas por otras féminas más desesperadas? La respuesta más fácil era decir que había un poco de las dos cosas, pero no era algo que le quedase muy claro. Esa tarde había cruzado la Gran Vía con un muffin de arándanos y chocolate blanco en una mano y una bolsa de trapos sin estrenar -y que no estaba segura de necesitar- en la otra. Se vio a sí misma como un tópico, un gran cliché caminando, pero ese muffin y el momento orgásmico de entregarle la tarjeta de crédito a la dependienta que diez minutos antes le había dicho que quizás una 38 era muy pequeña habían sido, por mucho, los mejores momentos de su día. "Ojalá tuviera una 38", pensó Ana, pero para obligar a esa resentida de 42 kilos a entrar con ella a los probadores y hacerle observar, sin pestañar ni una sola vez, lo bien que le iba incluso una 36.

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