Llamó a Pedro. Ella era su musa y él era, para ella, tan cercano como las blusas de verano. Esas con estilo y made in Italy que no se pegan al cuerpo porque el “género” es bueno. Él se apegaba siempre al alma de una, nunca al cuerpo, y también pertenecía a esa clase de gente que puede llamársele bueno en el sentido más machadiano del término. Y a ella le gustaba la metáfora: Pedro era una de esas blusas de primera calidad y, no sólo eso, sino que era una de las que más le gustaban.
Ana tenía la costumbre de hacer llamadas telefónicas a cualquier hora del día y, lo que es peor, de la noche. No porque fuera una maleducada. Su madre nunca le hubiera permitido hacer una llamada después de las 10 de noche que no fuera realmente imprescindible. Claro que saber qué era lo realmente imprescindible de la vida no era una cosa muy fácil de averiguar. El problema se reducía, pensó alguna vez, a que para ella casi todo resultaba imprescindible, fatal, impostergable. Y entonces supo que todo, al fin de cuentas, era una cuestión de tiempo y no de espacio, conclusión de la cual salía perjudicada pero que le parecía tan lúcida que, por esta vez, no iba a caer en la autocondescendencia de cambiar la teoría porque le iba tres tallas más grande. El hecho es que ella se entendía a la perfección con los espacios, los dominaba, los hacía suyos de un modo tan intenso que parecía echar raíces en todos ellos. Como los álamos, esos del pueblo. Esos que siempre volvían con recuerdos que olían a tierra mojada, y también cuando alguien le requería lúdicamente que pronunciase con la mayor rapidez y a la mayor brevedad posible un nombre de árbol que empiece con “a”. Ya sabéis, ese rollo de los elefantes en Dinamarca…
Pues por eso llamaba a Pedro. Esa noche se había convencido de quizás sí era posible que hubiese elefantes en Dinamarca. Ana había descubierto, con terror, con asombro y –¿por qué no decirlo?- cierto aire de corroboración, la prueba más fuerte que había recibido en su vida sobre el poder de su mente. Llevaba años intentando leer los pensamientos de la gente mirándolos fijamente en el entrecejo, truco que también utilizaba para hablar con los bizcos cuando se agotaba de virar alternativamente su mirada. Eso era algo que nunca podría corroborar, pero de todos modos la divertía y eso ya contaba como motivo suficiente para seguir practicándolo.
Ana llevaba ya unos días largos evocando a Lucho, el chico que le quitaba el sueño y las bragas en las últimas semanas. Pero había un problema, y era que se trataba de conceptos mutuamente excluyentes: de un tiempo a esta parte sólo se las quitaba en sueños, y por eso, más pensaba. Casi siempre pensaba en él tumbada en el sofá, con música de fondo y un cigarrillo en la mano. Pero esa noche sí que sus pensamientos habían ido lejos: hacía cábalas, calculaba probabilidades y teorizaba sobre los tiempos paralelos. Y todo ello la fue llevando a pensar que quizás eso de las idas y venidas de Mahoma y la montaña no fuera un concepto tan equivocado. Nunca estaba segura de quién o qué tenía que ir a qué o a quién en el refrán: la inmovilidad de la montaña venía a joderle toda la lógica al asunto y eso la desesperaba. Pero, en cambio, sí estaba segura de que había que coger al toro por los cuernos y quemar todas las naves en la batalla. Esas tres grandes perlas de refranero ilustrado tenían que tener algún sustento real, después de todo, alguien se las había inventado. Y ella estaba convencida de que la gente que inventaba los refranes y las máximas populares era gente bien experimentada. Luego recordó eso de que la carta echada no puede ser retirada y que los cementerios están superpoblados de valientes. Pero si había dos cosas con las que ella no podía eran la muerte y la prudencia, y últimamente había empezado a considerarlas como sinónimos de una misma y gran cosa, mucho más triste y oscura, pero que todavía no había definido y, por consiguiente, no había tomado forma. Pues para que las cosas existieran en su mundo, y para que existiesen como ella quería que lo hicieran –pues de otro modo, no valía la pena querer que existiesen-, esas cosas tenían que atravesar un sinuoso derrotero escarlata, que empezaba por sus ojos y terminaba en sus pechos. Las cosas tenían que penetrar en su cabeza, como espadas filosas con las que se enfrentaban a duelo los hemisferios de su cerebro hasta desintegrarse en definiciones que luego florecerían por su cuerpo. Definiciones que también eran sinuosas y rojizas, pero que le permitían pasárselo bien en ese mundo llano y gris en el que había decidido que ya no quería vivir. No porque tuviera intenciones suicidas, sino porque era un mundo demasiado aburrido, en el que cada quien se las montaba como podía y ella no podía menos que hacer lo propio. Y en este caso –y aunque odiaba las redundancias- lo propio era montarse un mundo propio, pero sin ninguna tendencia independentista o separatista. Pues el mundo-A era una región integrista, que no competía con el mundo real ni por asignaciones presupuestarias ni por ninguna otra chorrada por el estilo, de esas que había estudiado en la universidad y que, consecuentemente con su decisión, también habían dejado de interesarle. Después de todo, Ana era un tía muy coherente. Al menos consigo misma.
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