18 de julio de 2010

Digamos que llevaba pensando en Lucho toda la semana, envuelta en una espiral de conversaciones virtuales que, al parecer, ambos disfrutaban y que los había hecho de algún modo más cómplices después de aquel polvo en el balcón en su fiesta de cumpleaños. Ella necesitaba humanizarlo, el tenía miedo de ser humano. Y así se tiraban algún tiempo de la tarde soltándose rollos absurdos por ser incapaces de echar la siesta al ritmo de las paletas de un ventilador hiperventilando. No porque no tuviesen ventilador, sino por dos sencillas pero categóricas razones: él trabajaba; ella era noctámbula. El se definía así mismo como “un chico extremadamente cuadriculado”. Ana había reemplazado la hora de comer por la del desayuno, la merienda por la comida y la cena por la merienda, por lo cual, las horas que para la mayoría de la gente eran consideradas las horas de la siesta, se habían transformado, para ella, en las primeras horas de una lúcida mañana. Y así sucesivamente, en un ciclo que contemplaba cenas-picnic en su balcón a altas horas de la madrugada y, lo que es mejor, uno -o dos- postres al amanecer. Saberse viva cuando la gente dormía venía a compensar ese sentimiento de culpabilidad que sentía cuando toda esa gente ahí fuera se esforzaba por generar plusvalía y llevar una vida productiva. Porque en sus noches, el valor de las cosas sí que se multiplicaba y se hacía visible como una serpentina fosforescente en un baile de graduación americano. Entonces sonaba Nancy Sinatra y la vida lucía un vestido rosa de volantes. Y, por lo que sabía, no era de buena educación retirarse pronto de las fiestas. Ana detestaba esa clase de gente que deja de pasárselo bien y se retira de escena porque al día siguiente tiene que terminar de darle forma a un proyecto que, la verdad sea dicha, seguramente tiene pocas posibilidades de salvar el mundo. Pero lo cierto es que huía de su cama, de la imposibilidad de cerrar los ojos mientras allí fuera, en algún sitio escondido, se celebraba una fiesta. Huía de ese momento crucial en el que se espera que esa forma que acabas de dar a la almohada sea exactamente la adecuada y capaz de mantenerse intacta al menos por ocho horas. Huía de ese otro momento ritual en el que, sentada sobre su cama, mirándose a sí misma en el espejo, esperaba una mueca reveladora que decidiese por ella el horario al que debía poner la alarma. Detestaba esperar ese momento que curiosamente casi todo el mundo disfruta, ese de transición embriagante entre el sueño y la vigilia. Y no quería esperarlo. Temía estar perdiendo el tiempo. Temía encontrarse con la muerte. Y es que en su lista de las peores palabras de seis letras, el tiempo y la muerte se disputaban el primer puesto, entre muchas otras como cáncer, estafa y cloaca.

No hay comentarios:

Publicar un comentario