- Lo cierto es que intenté recuperar la vida perdida esa misma noche, le dijo Ana al salir del bar.
Toño conocía esa manía de Ana de hablar en serio de las cosas menos serias, pero aún así la miró perplejo por un segundo y luego preguntó: ¿Rompiendo un ladrillo con la cabeza y escupiendo fuego después de haberte comido la flor del amor?
- No tonto, yo estoy en una torre y Lucho es el rey de los Koopas-, le dijo mientras miraba la hora en un móvil mudo por haber hablado tanto. Eran las 2:59. Ana pensó que los tiempos de Lucho eran, definitivamente, los de una tortuga gigante cruzando el mar muerto. Una tortuga que la tenía amarrada de pies y manos a un reloj deformado. Y entonces supo que no sería capaz de resistir esa magia teñida de un negro tan intenso que persistía en la memoria de un modo angustiosamente daliniano.
Dong. Dong. Dong.
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