20 de septiembre de 2010

Un par de cejas subidas a una escalera. Una serpentina cayendo desde el cielo. Un gato con botas sobre ruedas. Una nube derrapando en el asfalto. La cerilla más chispeante de la caja. Un aroma de verano caprichoso. El sonido de un fonógrafo lejano. Todo eso era Lucho. Lucho deslizándose frente a ella, frente a toda esa bucólica luminosidad que los ojos de Ana disipaban. Porque ése era un domingo con verdes más intensos y ultravioletas más traviesos. Un sol de mediodía descansaba sobre las espaldas mojadas y sombras más cortas abreviaban los espacios dilatados. Entonces lo impostergable se ahogaba en el triángulo de las bermudas de Lucho mientras el paraíso reverdecía bajo el vestido de Ana. Eran los mismos extraños de siempre, dos lenguas a punto de lamer el sudor de cuatro manos hambrientas.

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