22 de septiembre de 2010

Como buena exponente del vintage cósmico, Ana se definía a sí misma como una chica de ocho bits inmersa en un entorno de líneas paralelas, trampolines cómplices, colores intensos y acordes ensordecedores. Una chica old-school que corría sin descanso por caminos irrefrenables, adicta a la adrenalina de saltar en el momento justo y robar besos compulsivamente. Sin embargo, ahora se veía a sí misma convertida en una oscura amalgama de píxeles corriendo en medio de una narrativa ausente. Su repertorio de movimientos se había reducido a lanzar inútiles patadas al vacío y su cleptofilia la llevaba a perseguir el oro por recovecos peligrosos. Pero si era cierto eso de que en la vida todo era cuestión de pulsar el botón adecuado en el momento justo, Ana comprendió que esta vez había presionado demasiado el botón de salto. Entoces se dijo para sí misma que ya era tiempo de calzarse las botas y echar a correr, tan rápido y lejos como pudiese. Era el momento de recuperar el control de sus propios impulsos aunque no hubiera sido capaz de completar el desafío. Ninguna cruz roja podría cambiar el curso de las cosas. Y, aunque con Lucho los niveles de dificultad nunca cambiasen, Ana se sentía incapaz de revisar su propia jugada y esgrimir un plan B. Había saltado al vacío.


GAME OVER
press any button

20 de septiembre de 2010

Un par de cejas subidas a una escalera. Una serpentina cayendo desde el cielo. Un gato con botas sobre ruedas. Una nube derrapando en el asfalto. La cerilla más chispeante de la caja. Un aroma de verano caprichoso. El sonido de un fonógrafo lejano. Todo eso era Lucho. Lucho deslizándose frente a ella, frente a toda esa bucólica luminosidad que los ojos de Ana disipaban. Porque ése era un domingo con verdes más intensos y ultravioletas más traviesos. Un sol de mediodía descansaba sobre las espaldas mojadas y sombras más cortas abreviaban los espacios dilatados. Entonces lo impostergable se ahogaba en el triángulo de las bermudas de Lucho mientras el paraíso reverdecía bajo el vestido de Ana. Eran los mismos extraños de siempre, dos lenguas a punto de lamer el sudor de cuatro manos hambrientas.

16 de septiembre de 2010

- Lo cierto es que intenté recuperar la vida perdida esa misma noche, le dijo Ana al salir del bar.
Toño conocía esa manía de Ana de hablar en serio de las cosas menos serias, pero aún así la miró perplejo por un segundo y luego preguntó: ¿Rompiendo un ladrillo con la cabeza y escupiendo fuego después de haberte comido la flor del amor?
- No tonto, yo estoy en una torre y Lucho es el rey de los Koopas-, le dijo mientras miraba la hora en un móvil mudo por haber hablado tanto. Eran las 2:59. Ana pensó que los tiempos de Lucho eran, definitivamente, los de una tortuga gigante cruzando el mar muerto. Una tortuga que la tenía amarrada de pies y manos a un reloj deformado. Y entonces supo que no sería capaz de resistir esa magia teñida de un negro tan intenso que persistía en la memoria de un modo angustiosamente daliniano.
Dong. Dong. Dong.

14 de septiembre de 2010

En el planeta LUC, el ultimo gran hallazgo de los giros copernicanos de Ana, los problemas estaban en la modalidad multijugador. Si Ana no se equivocaba y Lucho y ella atravesaban la fase hot seat, era evidente que ahora le tocaba esperar a que Lucho se decidiese a calentar la consola. Algún día le llegaría a ella el turno de apretar y desabrochar botones, aunque no era capaz de precisar cuánto tiempo aguantaría calentando la silla con sus bragas naranjas. Era consciente de que lo ideal era jugar la partida en simultáneo. Pero entonces Ana perdía el control y Lucho cambiaba las opciones del menú a pantalla dividida. De momento, eran dos jugadores on line perdidos en una  masa de informaciones infinitas que solo venían a confirmar que valía la pena seguir jugando. Entonces se sumían en un play by mail angustiante, en el que Lucho dejaba, a menudo, las partidas inconclusas.  

12 de septiembre de 2010

Toño se quedó pensando un instante y luego contestó: - En cuanto a este juego en concreto no te puedo decir mucho, porque se da el caso de que no lo he jugado.- Ana lo miró extrañada. No sabía si Toño le hablaba en serio o si le estaba tomando el pelo. Pues sí que lo había jugado. Lo habían jugado juntos hacía ya más de dos años. Pero eso era parte de otra historia, de una historia de la que se reían de vez en cuando y que en cierto modo había hecho que ese día pudieran estar los dos lanzando teorías al aire en un bar de mala muerte. Entonces siempre llegaba el momento en que Toño le mostraba su sonrisa de ratón y Ana se volvía un queso enorme, lleno de agujeros. De agujeros sin sombras en los que ya no podia esconder nada. No sabía cómo empezar, así que prefirió seguir en ese tren de metáforas e hipérboles en el que se habían montado entre copas y aceitunas.
- Tuve una actuación estelar que puede costarme el game over antes de haber siquiera superado el stage one en modo multijugador.-  Toño la miraba detrás de una sonrisa que hubiera podido ser malévola sino fuera porque ella lo conocía bastante como para saber que todo lo que había en esa expresión no era más que expectación. Eran sobre todo ganas de imaginarse la cara de Lucho frente a alguno de los impulsos inverosímiles de Ana. Imaginarse un Lucho aterrado frente al tacon de  aguja que ahora atravesaba filosamente las membranas de su burbuja y entonces sus rizos explotaban en los colores infinitos de una luz descompuesta.
Ana le explicó que la Princesa Peach se había bajado de la torre para asumir su propio rescate: -Pues me calcé unos patines a juego con mi baby-doll amarillo y, al mejor estilo Betty Grable, toqué su telefonillo mientras sostenía en mi otra mano un desayuno nada improvisado. Pero mi Harry James del piano no estaba en casa y la voz de mujer del otro lado le va a dar de todos modos el recado.
- Zaz!- dijo Toño entornando sus ojos chinos como quien va a enunciar una certeza absoluta. -Ahí se te fue una vida, amiga. 
Y entonces se rieron tanto que no escucharon cuando el camarero les dijo que el bar estaba cerrando.

10 de agosto de 2010

Hacía dos días los dos habían llegado a la misma hora a casa. Y si bien habían llegado a casas separadas, fue una de las veces en que mejor se encontraron. Eran las 5 de la mañana, ella quería decirle todo, a él no le asustaba nada. De repente, ya eran casi las siete. Los dos repararon en la luz del amanecer que entraba por sus respectivas ventanas, e incluso se lo dijeron uno al otro al despedirse. Era una tontería, por no llamarla cursilería, pero a ellos les hizo gracia. Al menos Ana así lo intuía, y estaba segura de que no se equivocaba. Sin embargo, dos días después y con cuatro copas en sangre, Ana decidió que ya estaba bien de tanto rodeo, aunque se iba a permitir el último para lograr que Risto, en alguna apuesta absurda, le dijese dónde vivía ese chico del que, como siempre le ocurría con la gente que le gustaba, apenas podía recordar su cara.
Risto era para Ana como un hermano. Más aún, era un hermano fácil de convencer, no porque ella fuese una zorra manipuladora -¿en verdad no lo era?- sino porque él la conocía como nadie y eso le permitía mostrarse con él tal cual era. Y mostrarse tal cual era la habilitaba para poder pedir cualquier cosa, incluso esas cosas que los hombres no dicen a las mujeres por pura solidaridad con los individuos de su mismo sexo, en este caso, la dirección de uno de ellos.
Ella tenía una vaga idea acerca del domicilio postal de Lucho. Sabía que Lucho no respondía a su prototipo de chico ideal con un pi-si-to-di-vi-no en el triball madrileño, pero vivía dentro de la zona que ella consideraba apropiada para que habitaran sus ligues. Así que la cosa era muy simple. Si Risto no le daba la dirección, Ana se pasearía una y otra vez por los cuatro caminos hasta encontrarse con el lobo. Y Risto lo sabía, así que en un intento por salvaguardar la dignidad de su amiga, soltó calle y número como quien canta la lotería. Eso sí, la borrachera no le dejaba precisar ni el piso ni la puerta de Lucho. Había estado allí una sola vez, y probablemente lo bastante empanado como para recordarlo, pero el esfuerzo valía la pena, considerando el bienestar de la comunidad de la calle Ponzano. Conocía bien a Ana y no dudaba de que era capaz de tocar uno por uno los botones del telefonillo hasta dar con el de Lucho: cartero comercial, músicos sin fronteras, estupendas rebajas en su contrato telefónico. Sí. Ana era capaz de eso y mucho más cuando algo se le metía en la cabeza, por no decir todo lo que era capaz cuando alguien se le metía en el corazón. Así que Risto agudizó su memoria y terminó por reducir las opciones a un número menor, considerando la poca altura de los edificios madrileños. “Sino es el tercero es el cuarto”, dijo mientras cargaba por enésima vez las copas de ambos.
Aparecer en casa de Lucho era una apuesta demasiado arriesgada, pero Ana estaba paradójicamente agotada de la comodidad que suponía para ambos levantar las persianas de una ventana de chat. Además contaba con la ventaja de que, a juzgar por las veces que habían estado juntos, Lucho no era esa clase de gente que se horroriza ante los arrebatos ajenos. Es más, podría decirse que el chico del autodominio inquebrantable también era un ser apasionado, incluso hasta un grado peligroso. Y Ana sabía que esa superficie impasible no era más que otra faceta de un chico que parecía ser todas las cosas al mismo tiempo. Su Lucho era capaz de llevar una existencia espartana negándose todos los placeres por alguna oscura razón ascética al tiempo que podía entregarse inescrupulosamente a la lujuria en un parking céntrico videovigilado. Y eso era algo que a Ana le fascinaba, of course.

22 de julio de 2010

En Madrid el calor derretía los balcones y Toño, con esa habilidad que tenía para cambiar de tema y de registro cada vez que un buen guión lo requería, le soltó, sin más, un temible “cuéntame, ¿qué te pasa con Lu?". Ana no paraba de abanicarse mientras pensaba que si Toño seguía llamando así a Lucho probablemente se lo contaría todo en un tono cursi que no hubiera querido utilizar. Y menos con Toño. Tendría que explicarle que en realidad Lu era como a ella le gustaba llamarlo, porque sonaba a “Bu” y lo del susto y esas cosas. Y también que ése era el modo en que lo tenía registrado en su móvil. No porque fuera una ñoña aficionada a hablar en diminutivo, sino porque esas dos letras fueron las únicas que pudo escribir una noche de concierto y borrachera. Ocurría que Ana había borrado el número de Lucho en algún ataque de higiene mental o –lo que es casi lo mismo- de feng-shui digital. Pero “Baby” terminaba con un absurdo y empático “Holy Moley you’re so funny, you crack me up, you crack me up”, y tanto era así que Ana no pudo evitar que se le vinieran a la cabeza los rizos de Lucho y algunos de los pelos más largos de su barba. Entonces, un mensaje multimedia a un número rescatado del registro de llamadas y una respuesta inmediata. Zaz. Registrado. Por si acaso, que la noche es larga.
No es que no quisiera explicarle todo eso a Toño. Él la entendería perfectamente al tiempo que sería lo suficientemente educado como para no decirle que todo ello se trataba de una concatenación absurda de estupideces pero que en el fondo tenían su gracia. Es más, seguramente Toño le propondría a Ana llamarlo King Kuranes y así darle un tono más épico al asunto. Pero entonces ella pensó que estaba harta de tanto nudo sin desenlace, así que trataría de ser lo más esquemática posible al respecto.
“Pues eso, que a chica-vintage le gusta chico-consola. Y parece que chico-consola tiene dificultades apenas en el primer nivel del videojuego”. Con Toño siempre era fácil hablar, había entre ellos un entendimiento que empezaba por lo narrativo y llegaba siempre al filo de las cosas. “Lo cierto es que te gusta tanto su forma de manejar tus controles y de apretar tus botones que ya estás deseando que te rescate en la última fase”, le respondió Toño. De hecho, ahora sí estaba claro que hablaban el mismo idioma. Y también estaba clara otra cosa. En esa frase -que Toño hubiera podido decir seguramente con algo más de estilo según los criterios estéticos de Ana- residía todo el problema y lo peor de todo eso era que lo sabía desde los ocho años: ella era la Princesa Peach y el fontanero no parecía estar del todo cualificado como para poder coger el champiñón. Ana estaba boquiabierta. Acababa de tener una revelación, pero entonces Toño seguía en su línea y le lanzó la predecible frase del insert coin. Ahora a ella sólo le quedaba la carta del game over, pero esas eran palabras que ella no hubiera querido utilizar…
Por su parte, a Toño le hacía gracia la historia y parecía disfrutar condimentándola: “Digamos que Lucho es un hombre más de aventura gráfica que de shooter en primera persona”, sentenció. Los conocimientos que Ana tenía  sobre el mundo del videojuego eran demasiado ochenteros y se reducían al PacMan, a Super Mario Bros y al Tetris. También se había tirado las siestas del verano de sus 21 jugando a los Sims, pues disfrutaba eligiéndoles a uno por uno su estilismo y su signo del zodíaco. Sin embargo, resultaba que existía todo un mundo enorme alrededor de los videojuegos y alguien, por alguna extraña razón, había decidido ocultárselo. De repente, el mundo del entretenimiento tenía para Ana una planta más para recorrer además de las de los libros, la música y las pelis. No sólo eso, sino que dentro de ese mundo había otros submundos y que, al parecer, explicaban las rarezas de Lucho.
Casi sin darse cuenta, Ana comenzó a verse a sí misma controlando un personaje armado dispuesto a disparar a gusto e piacere. Pero esas eran cosas que la transportaban a Dick Tracy o a Doyle, nunca a un videojuego. Definitivamente, ella era una chica-vintage que coleccionaba álbumes de figuritas, paper dolls y papeles de carta. Sin embargo, como jugadora de un juego extremadamente peligroso, podia ver sus disparos desde una cámara que la seguía por la espalda. Entonces sonaba April March, ella conducía un Dodge Charger y todas esas cosas ya no quedaban tan lejos... 
“En cambio, la aventura gráfica es complicada, muchas veces tienes que aprender e inventar”, continuó Toño mientras Ana lo escuchaba como si fuera un lego en la materia. ¡Vaya, vaya! Ahora resultaba que la aventura gráfica era casi como la vida misma y ella no tenía ni puta idea de qué se trataba. Toño le explicó que la cosa consistía en ir avanzando por el videojuego-vida resolviendo rompecabezas situacionales. Quizás otra vez lo estuviera comenzando a ver claro, aunque no terminaba de entender cómo un chico tan pasional como Lucho era capaz de tanta racionalidad parsimoniosa. No dijo nada y siguió abanicándose mientras con la otra mano se estiraba la falda. Toño cogió una aceituna, la tiró hacia arriba y nada más cogerla en su boca le soltó casi entredientes: “El caso es que chico-consola te gusta y no quieres que lo vuestro quede en una demo”. En efecto, nadie habría sido capaz de definir mejor que Toño eso que pasaba, pero Ana no fue capaz de admitir tal cosa. Apoyó el abanico sobre la barra y levantó el cubata: “Pues lo que yo quiero es echarme un par de partidas por semana”. Entonces se dió cuenta de que finalmente había respondido a la pregunta inicial de Toño, aunque quizás él no se lo hubiera creído del todo. 


April March – Laisse Tomber Les Filles

Dedicada a ese del montón, él sabe por qué...