Extremadamente peligrosa, elemento de distorsión, variable independiente. Esas eran las palabras que usaba Lucho para definir a Ana. Ella no sabía si se estaba refiriendo a una bombona de butano, a una obra de arte posmoderna o a la manipulación de cualquier hipótesis por parte de cualquier investigador, pero de todos modos le gustaban. Eran palabras que nadie podría pronunciar sin un mínimo vestigio de seriedad y él se las había soltado con la misma espontaneidad con que le soltaba el aliento cada vez que la besaba. Y todo eso no estaba nada mal viniendo de un chico que se definía a sí mismo como un chico extremadamente cuadriculado. No tanto porque Lucho fuera lo que Ana llamaba “un estructurado flexible”, sino porque Ana había aprendido que algunos hombres en la franja de los 30 comenzaban a autodefinirse como “chicos” y, más aún, como “chicos que”. En efecto, de repente una parte considerable de los “hombres que” habían pasado a ser “chicos que” y, por alguna extraña razón, algunos de esos “chicos que” entraban a formar parte de su vida, como colegas, como amigos, como amantes.
No hace falta ser un lector muy inteligente para darse cuenta de que Lucho era uno de esos “chicos que” que últimamente habían comenzado a reproducirse de manera osmótica por toda la ciudad; eso sí, en sus diferentes estilos y categorías, pues el “que” de los “chicos que” era un nexo tan amplio y laxo que permitía una amplia grilla llena de sitios donde poner la cruz si una tuviera el tiempo, las ganas y la fortaleza psicológica como para hacer un estudio sociológico acerca de los “chicos que”. Más aún, existía la posibilidad de que un “chico que” se correspondiese con más de un casillero de la grilla a la vez, abriendo un abanico de posibilidades e interpretaciones que ella ya no quería abordar. Por lo pronto, Lucho era el “chico que” le daba los besos más molones y enrollados del mundo. Después de todo, ella también era una “chica que”, y a todas las "chicas que", ocupen el casillero que ocupen, les gustan los besos bien dados.
No hace falta ser un lector muy inteligente para darse cuenta de que Lucho era uno de esos “chicos que” que últimamente habían comenzado a reproducirse de manera osmótica por toda la ciudad; eso sí, en sus diferentes estilos y categorías, pues el “que” de los “chicos que” era un nexo tan amplio y laxo que permitía una amplia grilla llena de sitios donde poner la cruz si una tuviera el tiempo, las ganas y la fortaleza psicológica como para hacer un estudio sociológico acerca de los “chicos que”. Más aún, existía la posibilidad de que un “chico que” se correspondiese con más de un casillero de la grilla a la vez, abriendo un abanico de posibilidades e interpretaciones que ella ya no quería abordar. Por lo pronto, Lucho era el “chico que” le daba los besos más molones y enrollados del mundo. Después de todo, ella también era una “chica que”, y a todas las "chicas que", ocupen el casillero que ocupen, les gustan los besos bien dados.
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