Las horas con Lucho habían sido, junto con algunas otras más pero que ya no contaban, unas de las horas mejor gastadas en lo que iba del verano. Ana derrochaba el tiempo del mismo modo en que se derrocha el arroz en las bodas, con ganas de desabastecer los supermercados, con ganas de arruinarle el peinado a la madrina, con ganas de que el padrino se tropiece, con ganas de guardarse ocho granos en su cartera. Derrochaba la bolsa y la vida de un modo en que a Joaquín Sabina se le hubiera quedado corto, sobre todo porque él era un derrotista aficionado a revolcarse en los charcos más sucios. Ana también volcaba sus derrotas un milímetro por encima de los renglones, pero siempre terminaba saliendo a la calle o para vengarlas o para pactar los términos de una capitulación en la que pudiera salir mínimamente airosa.
Y así iba sembrando su tiempo por las calles del barrio, tiempo que algún día florecería en una eternidad azulada y efímera, como las hortensias. De repente, Ana recordó la fama de mala suerte que envolvía a las hortensias y se odió a sí misma por esa manía que tenía con las metáforas. Esas que Lucho no entendía y que lo convertían en un enorme y adorable cliché cuando se defendía de la mirada inquisitiva de Ana alegando un tímido “es que yo soy de ciencias”. Entonces venía el momento en que ella se reía conmovida y le alborotaba la mata de rizos mientras le echaba el humo de un cigarrillo mal liado en la cara. Y entonces pensaba para sus adentros que tendría que guardar muy bien ese granito de arroz en su cartera: ninguno de los dos hubiera querido que se pierda.
Y así iba sembrando su tiempo por las calles del barrio, tiempo que algún día florecería en una eternidad azulada y efímera, como las hortensias. De repente, Ana recordó la fama de mala suerte que envolvía a las hortensias y se odió a sí misma por esa manía que tenía con las metáforas. Esas que Lucho no entendía y que lo convertían en un enorme y adorable cliché cuando se defendía de la mirada inquisitiva de Ana alegando un tímido “es que yo soy de ciencias”. Entonces venía el momento en que ella se reía conmovida y le alborotaba la mata de rizos mientras le echaba el humo de un cigarrillo mal liado en la cara. Y entonces pensaba para sus adentros que tendría que guardar muy bien ese granito de arroz en su cartera: ninguno de los dos hubiera querido que se pierda.
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