15 de agosto de 2011

Una vez más había sucedido. Esta vez, se habían enfrentado a la Hidra, habían desafiado el aliento venenoso y habían lanzado bolas de fuego a cada una de las siete cabezas. Y aunque Lucho tenía los controles, era algo que habían hecho juntos.  Les había llevado meses llegar hasta allí y matar al monstruo siniestro que serpenteaba entre ellos. Y ahora que lo habían logrado, Ana  no pudo evitar preguntarse si ella también tendría, como Heracles, que cumplir otras tantas penitencias. Porque, en cierto modo, Lucho era como Euristeo, un enemigo cobarde que temblaba de miedo al verla llegar y de vez en cuando se escondía dentro de un jarro de bronce. Era posible, entonces, que la Hidra no fuera suficiente. Que tuvieran que venir leones, ciervos, jabalíes, pájaros, el minotauro y un perro de tres cabezas. Ana no tenía ni idea de cuánto tiempo le había llevado a Heracles la proeza de sus doce trabajos, pero la sola perspectiva temporal le aterraba.
Y ahora estaban allí, juntos, dejando atrás el pantano seco. Un tiempo hostil en el que habían habido grietas y polvo, sed y cansancio, espinas y serpientes venenosas. Ahora eran dos ranas adentrándose en pozos más húmedos, con verdes más cómplices y ciclámenes rosas multiplicados. Pero si bien Ana se hubiera tirado a mil pozos más esa misma noche, Lucho era un chico de fábulas y moralejas. Un chico que siempre evaluaba seriamente sus actos y sus consecuencias. Y fue así como le soltó una frase que incluso para Esopo hubiera rezumado demasiada prudencia:

“Aún estás en período de prueba”

Ana se quedó boquiabierta. Frente a cualquier otra persona, esa frase hubiera sido motivo de una batalla verbal –y campal- de la que seguramente hubiera salido ganando. Ya había tenido que superar suficientes pruebas en lo que llevaba de vida como para someterse a una más. Pero Lucho tenía la habilidad de anularle las defensas, de transportarla y sumirla en la espiral vertiginosa de sus cavilaciones, de montarla en una noria sin luces en plena madrugada. De hecho, todo daba vueltas a su alrededor. Estaba perpleja. Nunca ningún hombre le había dicho nada tan desconcertante. ¿Qué sucedería luego? ¿Le haría Lucho un contrato indefinido o la cosa acabaría en un simple contrato temporal? Y si Lucho no quedaba satisfecho, ¿tendría ella que devolverle su dinero? Aunque lo cierto era que él no había invertido demasiado…
Y de repente, lo comprendió todo. Se vio a sí misma como una demo, una mini-versión de algo que Lucho podía utilizar libremente hasta que se decidiese a comprar la version final, evitando así el riesgo que significaría un desembolso emocional erróneo hasta no estar completamente seguro. Entonces Ana no pudo evitar su lado lúdico y verse a sí misma como una versión “jugable”, una versión que sólo incluía los primeros niveles de un videojuego. Toño le había hecho ver entre copas que la vida era como una aventura gráfica. Después de todo, insert coin, start, level up, try again y game over eran palabras aplicables a la vida misma, y ella estaba agotada de repetirlas. Pero como en toda demo de aventuras, la cosa se limitaba a un número reducido de habitaciones. De hecho, la habitación era un terreno que no pisaban demasiado…
Pero, ¿sería ella una versión lo suficientemente “jugable” para Lucho? ¿Qué define la jugabilidad cuando hablamos de relaciones? Si la jugabilidad es la capacidad de divertir y “enganchar” que tiene un videojuego, lo lógico sería no ver la hora de regresar a casa para terminar la partida que te tiene enviciado. Y lo mismo sucede cuando jugamos a ese otro juego al que todos somos adictos y que pocos admitimos. En los tiempos en que no se podían guardar las partidas, el jugador tenía que empezar de cero cada vez. Pero en las relaciones, como en los videojuegos, la tecnología también ha alterado las reglas. Las nuevas consolas nos permiten comenzar exactamente donde lo habíamos dejado y esos checkpoints son también extensibles a nuestros lazos emocionales. En un mundo donde hombres y mujeres vagamos suspendidos en el ciberespacio, nuestras relaciones siempre tienen un último punto de control al que poder volver y retomarlas. Y Ana tenía bien claro cuáles habían sido cada uno de esos puntos en su relación con Lucho: llevaban meses saltando de uno a otro.
Sin embargo, parecía ser que lo que realmente contaba eran las reglas de juego, sólo que era muy difícil discernir a qué estaban jugando y cómo lo estaban haciendo. Ana hubiera preferido tener delante un tablero de parchís, elegir el color verde y confiar en la suerte al arrojar el dado. Entonces beberían limonada y uno de los dos conseguiría llevar sus fichas desde la salida hasta la meta. Y no importaría quién ganase, pues jugarían la revancha. Pero la realidad era que Ana se sentía perdida. Ella misma era un juego que desconocía sus propias reglas. Y si era cierto eso de que una regla de juego es una condición que provoca una acción, era ella misma quien estaba definiendo los pasos de Lucho y afectando el estado del juego. La lógica le decía que las reglas deberían ser sencillas, que las posibilidades de elección no tenían que ser muchas, pues entonces sería mayor la complejidad de la decisión y el tiempo que le llevaría tomarla a su jugador. Y Ana era demasiado consciente de que los tiempos de Lucho eran los de una novela rusa. Sí, Lucho era un Alexei Ivanovich que algún día, después de pasar cientos de páginas de tormentosos y complejos laberintos psicológicos, dejaría de jugar e iría a rescatarla a alguna chocolatería suiza. Sin embargo, no estaba segura de que las cosas tuvieran un buen final. Después de todo, esto no era una novela, era una ruleta rusa. Y Lucho no se animaba a disparar.



15 de abril de 2011

Había sido un noche de fiesta. Los amigos ya estaban en la cama mientras el jetlag provocaba  desequilibrios en sus energías. El jetlag y Madrid, con sus mismas luces y colores, los reflejos repetidos de un hipnótico amarillo-naranja-rosa. Ese perderse en un murmullo espeso de desconocidos, pensando en la categoría moral de tomarse una copa sola en un bar. ¡Cuánto le apetecía! Y en el medio de esa duda estoica apareció el soldado desconocido dispuesto a convidarle un cigarro, justo en el momento en que había  desistido del esfuerzo de liárselos. Y, como ocurre la mayoría de las veces, resultó que el soldado era majo y tenía un amigo que estaba meando en el parking. Así es Malasaña, pensó Ana, con su típico momento en que decides quedarte un rato, al menos para acabar el cigarro y luego terminas a las risas con gente que acabas de conocer.
Pero, ¿y si en ese puzzle infinito que es Madrid se hubiera encontrado con Lucho? Llevaba casi medio año sin verlo, un tiempo oceánico de estaciones invertidas, de otoños y primaveras aferrados a los rojos de un malvón que nace y muere. De repente recordó a Oliveira buscando la silueta delgada de La Maga dibujada en el Pont des Arts. Porque Lucho también representaba la confusión y la torpeza, su araña Klee, su circo Miró. Entonces la asaltó el pensamiento de haberse ido y haber llegado al mismo tiempo. Porque aún se sentía atrapada en ese tiempo-chicle, de globo fácil, pero chiquito y desteñido. Porque si entonces hubiera aparecido Lucho con sus camisetas tres tallas más pequeñas, su chaqueta setentosa y sus pitillos rojos… ¿Y si entonces sus pies se cruzaban con sus tacones bailando un twist? Ana se sorprendió de lo bien que recordaba los pies de Lucho, la base del andamiaje en el que llevaba haciendo equilibrio de un tiempo a esta parte. Sus pies de verano en unas chanclas que una vez fueron blancas. Pies que entonces eran barcas navegando en el cemento de una plaza. Sus pies dando frenazos en una pista de baloncesto. Sus pies sacudiéndose en una fiesta, bajo un cielo de calcetines a rayas y zapatillas-todas-las-estrellas. Sus pies en patines, deslizándose en bellos espirales de torpeza. Sus patines de domingo con sol y de qué-ganas-de-que-me-compres-una-nube-de-azúcar. Esos que cuando se hicieran viejos ella quería usar como floreros. “Y es que en un 46 caben muchas flores”, pensó en voz alta.

(Ana dobló la esquina y escupió el chicle con rabia.)

4 de octubre de 2010

Los amigos se habían ido ya y el salón se parecía más al santuario de la Difunta Correa que a cualquier otra cosa. Ana se quitó el disfraz y se puso la enagua negra que usaba como camisón. Se sentó a la mesa de la cocina, con una de sus piernas levantada encima de otra silla. Lucho apareció detrás suyo y se acerco sin dejar de mirarla. Le quitó la pierna de la silla, se sentó y la colocó en su regazo. De repente, quedaron atrapados en las redes que tejían cuatro pupilas dilatadas a punto de devorarse. El le contó la misma historia de siempre y ella asintió sorprendida, aleteando las pestañas como si fuera la primera vez que la oía. Y eso en parte era cierto, porque esta vez Lucho le hablaba desde un lugar nuevo, menos oscuro y que no quedaba tan lejos. Entonces supo que todo lo que había detrás de esos ojos rojos no era más que la confesión de un niño inocente después de haberse comido todo el pastel. Y a los niños inocentes hay que acariciarles la cabeza y besarlos en la frente. Y entre beso y beso se reían, presos de un entendimiento naranja intenso. Otro balcón había habido entre los dos y ella tenía, otra vez, los pantys destrozados. Lucho se los quitó con cuidado y le acarició las nalgas. Entonces la cogió por la cintura y la sentó en su falda. Le regaló mil besos de mil amores, le mostró sus dientes pequeñitos y le mordió los pechos como un vampiro. Ana no quiso saber si eso era parte de algún complejo de Edipo no resuelto. Prefirió pensar en una novela dirigida al público adolescente y se dejó morder. De hecho, el género no estaba mal escogido, pues Lucho la llevó en brazos a la cama como lo haría un marido recién estrenado en la noche de bodas. Y ése era un final mucho más feliz que todos los de Danielle Steel que su abuela guardaba en el cajón.

29 de septiembre de 2010

Lucho era su Ícaro, aunque no estaba muy segura de si había sido un niño desobediente o de si su padre era un arquitecto renombrado. De lo único que podía estar segura era de que, sin ninguna duda, Lucho era un verdadero laberinto, lleno de encrucijadas capaces de confundir a cualquiera que tenga el coraje de adentrarse en ellas. Sí, Lucho era inextricable, por muchos metros de cable de fibra óptica que ella se empeñara en dejar como huella. Y no sólo eso, sino que albergaba dentro de sí un animal que bien podría haber sido un toro bravo a juzgar por sus salvajes embestidas. Unas embestidas feroces que no sólo le desgarraban las medias, sino que le dejaban ensangrentadas las lentejuelas y el corbatín anudado al borde de la asfixia. Sin embargo, Lucho no era precisamente lo que se conoce como un animal gregario. Era más bien un pájaro solitario. Como Ícaro, Lucho también tenía alas, y aunque no fueran de plumas pegadas con cera, podía volar tan alto como quisiera. De hecho, era esa manía de Lucho de permanecer en las nubes la que la volvía loca. Porque ella también era un ser alado que vivía más en el aire que en cualquier otro sitio. Una diosa de la noche hija del mismísimo caos que, al igual que Nyx, no había podido evitar el obnubilamiento y la fascinación que llegaron tras la intuición de ser, los dos, íntimamente semejantes. Por más que Lucho tuviera, también, la manía de escaparse, una manía que la impulsaba a buscarlo por tierras devastadas por el fuego. Un fuego abrasador, que la ponía día a día más y más caliente. Entonces, de cuando en cuando, caían juntos en un infierno amarillo, en un ritual repetitivo en el que él se dejaba curar las heridas y Ana lo despojaba de sus plumas calcinadas, pues era verdadero ardor lo que sentía y ella lo sabía. Pero también sabía que necesitaría algo más que la ayuda de los dioses del Olimpo para que Lucho entendiese, al fin, que tanto calor no eran sino unas ganas inmensas de sacudir juntos las alas.

27 de septiembre de 2010

De repente estaba quitándose los patines en el portal de Lucho y pensó que no se sentía así desde que le obligaron a quitarse las botas en el control de seguridad del aeropuerto, cosa que constituía, para Ana, la medida irrefutable de eso que se conoce coloquialmente como “pérdida de dignidad”. Entonces no pudo evitar preguntarse si es que definitivamente había perdido todo rastro de dignidad humana. Pero, ¿cuál era realmente la medida de la dignidad? ¿Estaba condenada a vivir con un nivel de dignidad de catorce centímetros de media?
Su lado académico y cierto rigor lógico le hicieron pensar que si Kant tenía razón y la dignidad era un valor absoluto, en caso de perderse una vez, no sólo era imposible volver a perderla, sino también recuperarla. Pero ella se definía a sí misma como una chica postmoderna que, además de llevar gafas de pasta, era una relativista acerríma a la que le calzaba mejor una visión foucaultiana de la vida. Eso la tranquilizó y ni siquiera se cuestionó si lo del relativismo no era una solución cómoda y facilista. Sin embargo, esta vez no bastaba la teoría, así que tendría que llevar las cosas al terreno de la práctico. Entonces se preguntó si era posible tener buen sexo y preservar al mismo tiempo eso que los lexicógrafos definen como la gravedad y el decoro de las personas. ¿Era realmente grave? ¿Podría ella alguna vez llevarse bien con palabras tan feas como compostura, circunspección, seriedad y recato? Desde luego que no. 
La conclusión no podía ser otra que si alguien quisiera llegar al final de sus días con la dignidad intacta debería pensar seriamente en la opción del celibato. No sólo por esas posiciones del Kama Sutra en las que nadie se ve digno, sino también porque el sexo debería calificarse como una actividad riesgosa que puede hacer perder la sesera incluso a los menos vulnerables. Pero Ana estaba segura de que sin correr ciertos riesgos, protagonizar algún que otro papelón y tomar la iniciativa, la vida se volvía demasiado aburrida. La clave, entonces, parecía ser más humor y menos dignidad, y así podía presumir diciendo que nunca, pero nunca, se había quedado con las ganas por quedar como una reina ante los ojos de quien fuera. Por mucho que Ana Bolena también hubiera terminado sin cabeza.

26 de septiembre de 2010

- Destrózame los pantys...
- ¿Qué?
- ¡Que me rompas los pantys!
- ¿Estás segura?
Tanta caballerosidad no venía a cuento, así que Ana deslizó las manos de Lucho por debajo de su vestido y eso a Lucho le bastó como respuesta. Le rasgó las medias con las manos y los dientes. Con una fuerza animal que a Ana le hubiera gustado explorar en un descampado del extrarradio y no en su balcón de Malasaña. Pero ésas eran cosas que no podían controlarse y ahora estaban los dos comiéndose la boca a diez metros de altura. Había gente que iba y venía. Gente despreocupada. Gente que no ignoraba eso que pasaba en el balcón, pero que de todos modos seguía siendo gente despreocupada. Deborah Harry cantaba en el salón y las plumas del glamour volaban por el aire. Se posaban en la acera, en los contenedores, en la calle. Y no importaba nada, ni siquiera el vértigo que sufría desde los nueve años cuando pisó por primera vez su querida Buenos Aires. Si había alguna sensación de que las cosas daban vueltas a su alrededor no era una sensación desagradable, desde luego. Había un mundo tres pisos más abajo que podía girar todo lo que quisiese porque ahora tenía veinte años más y estaba con Lucho.  Sólo eran ellos dos. Enredándose en besos abiertos, rojos, mojados. Un vestido fácil de quitar y unos pantalones tan piratas como su dueño terminaron en el suelo. La Gran Vía aparecía luminosa cada vez que Ana abría los ojos. Y entonces veía a un Lucho que era un niño, que era un lobo. Que la mordía y la calmaba. Y a ella le gustaba porque era un dolor distinto de ese que sentía en el pecho cada noche que lo echaba de menos en su cama.

Entonces era verano. Ahora hacía algún frío. Entonces había conocido a Lucho. Ahora volvía a ser asaltada por la necesidad de teclear su vida. Con música de fondo y un cigarro en la mano izquierda. Frente a un espejo que la reflejaba desnuda sobre un sofá cansado. Y así iba soltando piedras amarillas en un río revuelto y violeta, piedras que nadaban tan rápido que hubieran preferido caerse por los dedos. Un cúmulo de sublimaciones, un aglomerado pegajoso de yoes sublimando, sus uñas rojas peleándose sobre el teclado. Entonces supo que no volvía para rellenar un archivo en blanco. Volvía desde algún otro lado. Con exceso de equipaje y un billete doble en primera clase. Con aterrizajes trimestrales, tridimiensionales, triviales, triunfantes.

22 de septiembre de 2010

Como buena exponente del vintage cósmico, Ana se definía a sí misma como una chica de ocho bits inmersa en un entorno de líneas paralelas, trampolines cómplices, colores intensos y acordes ensordecedores. Una chica old-school que corría sin descanso por caminos irrefrenables, adicta a la adrenalina de saltar en el momento justo y robar besos compulsivamente. Sin embargo, ahora se veía a sí misma convertida en una oscura amalgama de píxeles corriendo en medio de una narrativa ausente. Su repertorio de movimientos se había reducido a lanzar inútiles patadas al vacío y su cleptofilia la llevaba a perseguir el oro por recovecos peligrosos. Pero si era cierto eso de que en la vida todo era cuestión de pulsar el botón adecuado en el momento justo, Ana comprendió que esta vez había presionado demasiado el botón de salto. Entoces se dijo para sí misma que ya era tiempo de calzarse las botas y echar a correr, tan rápido y lejos como pudiese. Era el momento de recuperar el control de sus propios impulsos aunque no hubiera sido capaz de completar el desafío. Ninguna cruz roja podría cambiar el curso de las cosas. Y, aunque con Lucho los niveles de dificultad nunca cambiasen, Ana se sentía incapaz de revisar su propia jugada y esgrimir un plan B. Había saltado al vacío.


GAME OVER
press any button

20 de septiembre de 2010

Un par de cejas subidas a una escalera. Una serpentina cayendo desde el cielo. Un gato con botas sobre ruedas. Una nube derrapando en el asfalto. La cerilla más chispeante de la caja. Un aroma de verano caprichoso. El sonido de un fonógrafo lejano. Todo eso era Lucho. Lucho deslizándose frente a ella, frente a toda esa bucólica luminosidad que los ojos de Ana disipaban. Porque ése era un domingo con verdes más intensos y ultravioletas más traviesos. Un sol de mediodía descansaba sobre las espaldas mojadas y sombras más cortas abreviaban los espacios dilatados. Entonces lo impostergable se ahogaba en el triángulo de las bermudas de Lucho mientras el paraíso reverdecía bajo el vestido de Ana. Eran los mismos extraños de siempre, dos lenguas a punto de lamer el sudor de cuatro manos hambrientas.

16 de septiembre de 2010

- Lo cierto es que intenté recuperar la vida perdida esa misma noche, le dijo Ana al salir del bar.
Toño conocía esa manía de Ana de hablar en serio de las cosas menos serias, pero aún así la miró perplejo por un segundo y luego preguntó: ¿Rompiendo un ladrillo con la cabeza y escupiendo fuego después de haberte comido la flor del amor?
- No tonto, yo estoy en una torre y Lucho es el rey de los Koopas-, le dijo mientras miraba la hora en un móvil mudo por haber hablado tanto. Eran las 2:59. Ana pensó que los tiempos de Lucho eran, definitivamente, los de una tortuga gigante cruzando el mar muerto. Una tortuga que la tenía amarrada de pies y manos a un reloj deformado. Y entonces supo que no sería capaz de resistir esa magia teñida de un negro tan intenso que persistía en la memoria de un modo angustiosamente daliniano.
Dong. Dong. Dong.

14 de septiembre de 2010

En el planeta LUC, el ultimo gran hallazgo de los giros copernicanos de Ana, los problemas estaban en la modalidad multijugador. Si Ana no se equivocaba y Lucho y ella atravesaban la fase hot seat, era evidente que ahora le tocaba esperar a que Lucho se decidiese a calentar la consola. Algún día le llegaría a ella el turno de apretar y desabrochar botones, aunque no era capaz de precisar cuánto tiempo aguantaría calentando la silla con sus bragas naranjas. Era consciente de que lo ideal era jugar la partida en simultáneo. Pero entonces Ana perdía el control y Lucho cambiaba las opciones del menú a pantalla dividida. De momento, eran dos jugadores on line perdidos en una  masa de informaciones infinitas que solo venían a confirmar que valía la pena seguir jugando. Entonces se sumían en un play by mail angustiante, en el que Lucho dejaba, a menudo, las partidas inconclusas.  

12 de septiembre de 2010

Toño se quedó pensando un instante y luego contestó: - En cuanto a este juego en concreto no te puedo decir mucho, porque se da el caso de que no lo he jugado.- Ana lo miró extrañada. No sabía si Toño le hablaba en serio o si le estaba tomando el pelo. Pues sí que lo había jugado. Lo habían jugado juntos hacía ya más de dos años. Pero eso era parte de otra historia, de una historia de la que se reían de vez en cuando y que en cierto modo había hecho que ese día pudieran estar los dos lanzando teorías al aire en un bar de mala muerte. Entonces siempre llegaba el momento en que Toño le mostraba su sonrisa de ratón y Ana se volvía un queso enorme, lleno de agujeros. De agujeros sin sombras en los que ya no podia esconder nada. No sabía cómo empezar, así que prefirió seguir en ese tren de metáforas e hipérboles en el que se habían montado entre copas y aceitunas.
- Tuve una actuación estelar que puede costarme el game over antes de haber siquiera superado el stage one en modo multijugador.-  Toño la miraba detrás de una sonrisa que hubiera podido ser malévola sino fuera porque ella lo conocía bastante como para saber que todo lo que había en esa expresión no era más que expectación. Eran sobre todo ganas de imaginarse la cara de Lucho frente a alguno de los impulsos inverosímiles de Ana. Imaginarse un Lucho aterrado frente al tacon de  aguja que ahora atravesaba filosamente las membranas de su burbuja y entonces sus rizos explotaban en los colores infinitos de una luz descompuesta.
Ana le explicó que la Princesa Peach se había bajado de la torre para asumir su propio rescate: -Pues me calcé unos patines a juego con mi baby-doll amarillo y, al mejor estilo Betty Grable, toqué su telefonillo mientras sostenía en mi otra mano un desayuno nada improvisado. Pero mi Harry James del piano no estaba en casa y la voz de mujer del otro lado le va a dar de todos modos el recado.
- Zaz!- dijo Toño entornando sus ojos chinos como quien va a enunciar una certeza absoluta. -Ahí se te fue una vida, amiga. 
Y entonces se rieron tanto que no escucharon cuando el camarero les dijo que el bar estaba cerrando.

10 de agosto de 2010

Hacía dos días los dos habían llegado a la misma hora a casa. Y si bien habían llegado a casas separadas, fue una de las veces en que mejor se encontraron. Eran las 5 de la mañana, ella quería decirle todo, a él no le asustaba nada. De repente, ya eran casi las siete. Los dos repararon en la luz del amanecer que entraba por sus respectivas ventanas, e incluso se lo dijeron uno al otro al despedirse. Era una tontería, por no llamarla cursilería, pero a ellos les hizo gracia. Al menos Ana así lo intuía, y estaba segura de que no se equivocaba. Sin embargo, dos días después y con cuatro copas en sangre, Ana decidió que ya estaba bien de tanto rodeo, aunque se iba a permitir el último para lograr que Risto, en alguna apuesta absurda, le dijese dónde vivía ese chico del que, como siempre le ocurría con la gente que le gustaba, apenas podía recordar su cara.
Risto era para Ana como un hermano. Más aún, era un hermano fácil de convencer, no porque ella fuese una zorra manipuladora -¿en verdad no lo era?- sino porque él la conocía como nadie y eso le permitía mostrarse con él tal cual era. Y mostrarse tal cual era la habilitaba para poder pedir cualquier cosa, incluso esas cosas que los hombres no dicen a las mujeres por pura solidaridad con los individuos de su mismo sexo, en este caso, la dirección de uno de ellos.
Ella tenía una vaga idea acerca del domicilio postal de Lucho. Sabía que Lucho no respondía a su prototipo de chico ideal con un pi-si-to-di-vi-no en el triball madrileño, pero vivía dentro de la zona que ella consideraba apropiada para que habitaran sus ligues. Así que la cosa era muy simple. Si Risto no le daba la dirección, Ana se pasearía una y otra vez por los cuatro caminos hasta encontrarse con el lobo. Y Risto lo sabía, así que en un intento por salvaguardar la dignidad de su amiga, soltó calle y número como quien canta la lotería. Eso sí, la borrachera no le dejaba precisar ni el piso ni la puerta de Lucho. Había estado allí una sola vez, y probablemente lo bastante empanado como para recordarlo, pero el esfuerzo valía la pena, considerando el bienestar de la comunidad de la calle Ponzano. Conocía bien a Ana y no dudaba de que era capaz de tocar uno por uno los botones del telefonillo hasta dar con el de Lucho: cartero comercial, músicos sin fronteras, estupendas rebajas en su contrato telefónico. Sí. Ana era capaz de eso y mucho más cuando algo se le metía en la cabeza, por no decir todo lo que era capaz cuando alguien se le metía en el corazón. Así que Risto agudizó su memoria y terminó por reducir las opciones a un número menor, considerando la poca altura de los edificios madrileños. “Sino es el tercero es el cuarto”, dijo mientras cargaba por enésima vez las copas de ambos.
Aparecer en casa de Lucho era una apuesta demasiado arriesgada, pero Ana estaba paradójicamente agotada de la comodidad que suponía para ambos levantar las persianas de una ventana de chat. Además contaba con la ventaja de que, a juzgar por las veces que habían estado juntos, Lucho no era esa clase de gente que se horroriza ante los arrebatos ajenos. Es más, podría decirse que el chico del autodominio inquebrantable también era un ser apasionado, incluso hasta un grado peligroso. Y Ana sabía que esa superficie impasible no era más que otra faceta de un chico que parecía ser todas las cosas al mismo tiempo. Su Lucho era capaz de llevar una existencia espartana negándose todos los placeres por alguna oscura razón ascética al tiempo que podía entregarse inescrupulosamente a la lujuria en un parking céntrico videovigilado. Y eso era algo que a Ana le fascinaba, of course.

22 de julio de 2010

En Madrid el calor derretía los balcones y Toño, con esa habilidad que tenía para cambiar de tema y de registro cada vez que un buen guión lo requería, le soltó, sin más, un temible “cuéntame, ¿qué te pasa con Lu?". Ana no paraba de abanicarse mientras pensaba que si Toño seguía llamando así a Lucho probablemente se lo contaría todo en un tono cursi que no hubiera querido utilizar. Y menos con Toño. Tendría que explicarle que en realidad Lu era como a ella le gustaba llamarlo, porque sonaba a “Bu” y lo del susto y esas cosas. Y también que ése era el modo en que lo tenía registrado en su móvil. No porque fuera una ñoña aficionada a hablar en diminutivo, sino porque esas dos letras fueron las únicas que pudo escribir una noche de concierto y borrachera. Ocurría que Ana había borrado el número de Lucho en algún ataque de higiene mental o –lo que es casi lo mismo- de feng-shui digital. Pero “Baby” terminaba con un absurdo y empático “Holy Moley you’re so funny, you crack me up, you crack me up”, y tanto era así que Ana no pudo evitar que se le vinieran a la cabeza los rizos de Lucho y algunos de los pelos más largos de su barba. Entonces, un mensaje multimedia a un número rescatado del registro de llamadas y una respuesta inmediata. Zaz. Registrado. Por si acaso, que la noche es larga.
No es que no quisiera explicarle todo eso a Toño. Él la entendería perfectamente al tiempo que sería lo suficientemente educado como para no decirle que todo ello se trataba de una concatenación absurda de estupideces pero que en el fondo tenían su gracia. Es más, seguramente Toño le propondría a Ana llamarlo King Kuranes y así darle un tono más épico al asunto. Pero entonces ella pensó que estaba harta de tanto nudo sin desenlace, así que trataría de ser lo más esquemática posible al respecto.
“Pues eso, que a chica-vintage le gusta chico-consola. Y parece que chico-consola tiene dificultades apenas en el primer nivel del videojuego”. Con Toño siempre era fácil hablar, había entre ellos un entendimiento que empezaba por lo narrativo y llegaba siempre al filo de las cosas. “Lo cierto es que te gusta tanto su forma de manejar tus controles y de apretar tus botones que ya estás deseando que te rescate en la última fase”, le respondió Toño. De hecho, ahora sí estaba claro que hablaban el mismo idioma. Y también estaba clara otra cosa. En esa frase -que Toño hubiera podido decir seguramente con algo más de estilo según los criterios estéticos de Ana- residía todo el problema y lo peor de todo eso era que lo sabía desde los ocho años: ella era la Princesa Peach y el fontanero no parecía estar del todo cualificado como para poder coger el champiñón. Ana estaba boquiabierta. Acababa de tener una revelación, pero entonces Toño seguía en su línea y le lanzó la predecible frase del insert coin. Ahora a ella sólo le quedaba la carta del game over, pero esas eran palabras que ella no hubiera querido utilizar…
Por su parte, a Toño le hacía gracia la historia y parecía disfrutar condimentándola: “Digamos que Lucho es un hombre más de aventura gráfica que de shooter en primera persona”, sentenció. Los conocimientos que Ana tenía  sobre el mundo del videojuego eran demasiado ochenteros y se reducían al PacMan, a Super Mario Bros y al Tetris. También se había tirado las siestas del verano de sus 21 jugando a los Sims, pues disfrutaba eligiéndoles a uno por uno su estilismo y su signo del zodíaco. Sin embargo, resultaba que existía todo un mundo enorme alrededor de los videojuegos y alguien, por alguna extraña razón, había decidido ocultárselo. De repente, el mundo del entretenimiento tenía para Ana una planta más para recorrer además de las de los libros, la música y las pelis. No sólo eso, sino que dentro de ese mundo había otros submundos y que, al parecer, explicaban las rarezas de Lucho.
Casi sin darse cuenta, Ana comenzó a verse a sí misma controlando un personaje armado dispuesto a disparar a gusto e piacere. Pero esas eran cosas que la transportaban a Dick Tracy o a Doyle, nunca a un videojuego. Definitivamente, ella era una chica-vintage que coleccionaba álbumes de figuritas, paper dolls y papeles de carta. Sin embargo, como jugadora de un juego extremadamente peligroso, podia ver sus disparos desde una cámara que la seguía por la espalda. Entonces sonaba April March, ella conducía un Dodge Charger y todas esas cosas ya no quedaban tan lejos... 
“En cambio, la aventura gráfica es complicada, muchas veces tienes que aprender e inventar”, continuó Toño mientras Ana lo escuchaba como si fuera un lego en la materia. ¡Vaya, vaya! Ahora resultaba que la aventura gráfica era casi como la vida misma y ella no tenía ni puta idea de qué se trataba. Toño le explicó que la cosa consistía en ir avanzando por el videojuego-vida resolviendo rompecabezas situacionales. Quizás otra vez lo estuviera comenzando a ver claro, aunque no terminaba de entender cómo un chico tan pasional como Lucho era capaz de tanta racionalidad parsimoniosa. No dijo nada y siguió abanicándose mientras con la otra mano se estiraba la falda. Toño cogió una aceituna, la tiró hacia arriba y nada más cogerla en su boca le soltó casi entredientes: “El caso es que chico-consola te gusta y no quieres que lo vuestro quede en una demo”. En efecto, nadie habría sido capaz de definir mejor que Toño eso que pasaba, pero Ana no fue capaz de admitir tal cosa. Apoyó el abanico sobre la barra y levantó el cubata: “Pues lo que yo quiero es echarme un par de partidas por semana”. Entonces se dió cuenta de que finalmente había respondido a la pregunta inicial de Toño, aunque quizás él no se lo hubiera creído del todo. 


April March – Laisse Tomber Les Filles

Dedicada a ese del montón, él sabe por qué... 

21 de julio de 2010

La belleza flotaba a menos de medio metro del suelo en una plaza de Malasaña. Lucho la miraba desde unas cejas arqueadas, casi perfectas. Los ojos abiertos, grandes, redondos, despiertos. De repente era un perro buscando caricias, un gato sibilino y expectante, una araña debajo de su falda. Entonces ella era una mariquita, un caracol, una sirenita. No podía siquiera mover un dedo. No podía siquiera pensar en moverlo.
(La única sensación de movimiento venía de un grupo de músculos que, gracias a un alemán que no era Hegel, llevaba ejercitando desde la universidad.)
De pronto, Ana se sorprendió a sí misma pensando en si esas inexplicables propiedades del cemento de la plaza se debían al espíritu de la heroica bordadora o al de Antonio Vega, pues en esas baldosas había una energía que lo mismo era digna de la resistencia a los franceses como de un concierto de Nacha Pop en los ’80.
(En efecto, en ese momento cualquiera de los dos hubiera podido cantar a viva voz “un día cualquiera no sabes qué hora es, te acuestas a mi lado sin saber por qué” y sentirse plenamente identificado. Por lo demás, Lucho no era francés, pero a Ana le parecía tan irresistible como si lo fuese…)
Entonces la noción del tiempo quedó suspendida y los segundos vinieron con limas y hierba buena. Vinieron con besos de lenguas tibias y traviesas. Lenguas exploradoras, inescrupulosas, lacerantes.  Lenguas que fueron Alicias multiplicadas en el barrio de las maravillas, que pasearon ciegas en cortos paseos y se abrazaron en largos letargos de escaparates ajenos. 
(Ahora la belleza medía casi dos metros de altura y le soltaba besos espontáneos sin enjuague bucal. La mano era suya y hacía lo que quería).
De repente, entre dos mordiscos, la llamaba peligrosa. Entonces cambiaba la década y Ana se montaba en un coche mirándolo fijamente y sin cerrar las piernas mientras le canturreaba “Hold on tight! You know she’s a little bit dangerous” a modo de advertencia. Y a eso correspondían los brazos sueltos de Lucho, que bailaba, bailaba torpe, bailaba apenas. Se ponía pelucas, gritaba y corría, a veces reía y a veces mordía. 
(Entonces Ana pensaba que él era como el spaghetti travieso de una canción para niños, lo que lo convertía en un plato mucho mejor que unos macaroni and cheese una noche de borrachera.)
Más tarde hubo un ascensor y la belleza explotó a diez metros bajo tierra. También hubo una plaza más redonda con bancos más cómplices a la hora de mojar maderas. Ana se quitó las bragas y le sopló un refrán; el se tropezó en su vientre y patinando anduvo. Sucumbió a su vicio, le chasqueó las nalgas, le comió la boca, se enredó en sus piernas. Y si bien el de Lucho era un patinar de pantalones que nunca se bajan -que a veces se caen, pero que no se bajan-, no hace falta decir, amigos, que Lucho le manchó la falda.
(Ooohhh, just a little bit dangerous!)


Etta James – I Just Want To Make Love To You

20 de julio de 2010

“No sé por qué me consideran una freak cuando digo que me tomo la vida en modo telefilm”, le había dicho su amiga la noche anterior mientras trataban, con mojitos, de olvidar el día que sería conocido, de allí en más, como “el día en que Ana se comió la guindilla”. Pero esa era una historia que, aunque reciente, no le apetecía recordar. Sin embargo, no pudo evitar quedarse pensando en qué había sido lo primero. ¿Un comportamiento femenino digno de estereotipar y llevar a la pantalla grande o unas escenas memorables protagonizadas por féminas desesperadas que luego serían imitadas por otras féminas más desesperadas? La respuesta más fácil era decir que había un poco de las dos cosas, pero no era algo que le quedase muy claro. Esa tarde había cruzado la Gran Vía con un muffin de arándanos y chocolate blanco en una mano y una bolsa de trapos sin estrenar -y que no estaba segura de necesitar- en la otra. Se vio a sí misma como un tópico, un gran cliché caminando, pero ese muffin y el momento orgásmico de entregarle la tarjeta de crédito a la dependienta que diez minutos antes le había dicho que quizás una 38 era muy pequeña habían sido, por mucho, los mejores momentos de su día. "Ojalá tuviera una 38", pensó Ana, pero para obligar a esa resentida de 42 kilos a entrar con ella a los probadores y hacerle observar, sin pestañar ni una sola vez, lo bien que le iba incluso una 36.

19 de julio de 2010

Las horas con Lucho habían sido, junto con algunas otras más pero que ya no contaban, unas de las horas mejor gastadas en lo que iba del verano. Ana derrochaba el tiempo del mismo modo en que se derrocha el arroz en las bodas, con ganas de desabastecer los supermercados, con ganas de arruinarle el peinado a la madrina, con ganas de que el padrino se tropiece, con ganas de guardarse ocho granos en su cartera. Derrochaba la bolsa y la vida de un modo en que a Joaquín Sabina se le hubiera quedado corto, sobre todo porque él era un derrotista aficionado a revolcarse en los charcos más sucios. Ana también volcaba sus derrotas un milímetro por encima de los renglones, pero siempre terminaba saliendo a la calle o para vengarlas o para pactar los términos de una capitulación en la que pudiera salir mínimamente airosa.
Y así iba sembrando su tiempo por las calles del barrio, tiempo que algún día florecería en una eternidad azulada y efímera, como las hortensias. De repente, Ana recordó la fama de mala suerte que envolvía a las hortensias y se odió a sí misma por esa manía que tenía con las metáforas. Esas que Lucho no entendía y que lo convertían en un enorme y adorable cliché cuando se defendía de la mirada inquisitiva de Ana alegando un tímido “es que yo soy de ciencias”. Entonces venía el momento en que ella se reía conmovida y le alborotaba la mata de rizos mientras le echaba el humo de un cigarrillo mal liado en la cara. Y entonces pensaba para sus adentros que tendría que guardar muy bien ese granito de arroz en su cartera: ninguno de los dos hubiera querido que se pierda.

Extremadamente peligrosa, elemento de distorsión, variable independiente. Esas eran las palabras que usaba Lucho para definir a Ana. Ella no sabía si se estaba refiriendo a una bombona de butano, a una obra de arte posmoderna o a la manipulación de cualquier hipótesis por parte de cualquier investigador, pero de todos modos le gustaban.  Eran palabras que nadie podría pronunciar sin un mínimo vestigio de seriedad y él se las había soltado con la misma espontaneidad con que le soltaba el aliento cada vez que la besaba. Y todo eso no estaba nada mal viniendo de un chico que se definía a sí mismo como un chico extremadamente cuadriculado. No tanto porque Lucho fuera lo que Ana llamaba “un estructurado flexible”, sino porque Ana había aprendido que algunos hombres en la franja de los 30 comenzaban a autodefinirse como “chicos” y, más aún, como “chicos que”. En efecto, de repente una parte considerable de los “hombres que” habían pasado a ser “chicos que” y, por alguna extraña razón, algunos de esos “chicos que” entraban a formar parte de su vida, como colegas, como amigos, como amantes.
No hace falta ser un lector muy inteligente para darse cuenta de que Lucho era uno de esos “chicos que” que últimamente habían comenzado a reproducirse de manera osmótica por toda la ciudad; eso sí, en sus diferentes estilos y categorías, pues el “que” de los “chicos que” era un nexo tan amplio y laxo que permitía una amplia grilla llena de sitios donde poner la cruz si una tuviera el tiempo, las ganas y la fortaleza psicológica como para hacer un estudio sociológico acerca de los “chicos que”. Más aún, existía la posibilidad de que un “chico que” se correspondiese con más de un casillero de la grilla a la vez, abriendo un abanico de posibilidades e interpretaciones que ella ya no quería abordar. Por lo pronto, Lucho era el “chico que” le daba los besos más molones y enrollados del mundo. Después de todo, ella también era una “chica que”, y a todas las "chicas que", ocupen el casillero que ocupen, les gustan los besos bien dados.

18 de julio de 2010

Digamos que llevaba pensando en Lucho toda la semana, envuelta en una espiral de conversaciones virtuales que, al parecer, ambos disfrutaban y que los había hecho de algún modo más cómplices después de aquel polvo en el balcón en su fiesta de cumpleaños. Ella necesitaba humanizarlo, el tenía miedo de ser humano. Y así se tiraban algún tiempo de la tarde soltándose rollos absurdos por ser incapaces de echar la siesta al ritmo de las paletas de un ventilador hiperventilando. No porque no tuviesen ventilador, sino por dos sencillas pero categóricas razones: él trabajaba; ella era noctámbula. El se definía así mismo como “un chico extremadamente cuadriculado”. Ana había reemplazado la hora de comer por la del desayuno, la merienda por la comida y la cena por la merienda, por lo cual, las horas que para la mayoría de la gente eran consideradas las horas de la siesta, se habían transformado, para ella, en las primeras horas de una lúcida mañana. Y así sucesivamente, en un ciclo que contemplaba cenas-picnic en su balcón a altas horas de la madrugada y, lo que es mejor, uno -o dos- postres al amanecer. Saberse viva cuando la gente dormía venía a compensar ese sentimiento de culpabilidad que sentía cuando toda esa gente ahí fuera se esforzaba por generar plusvalía y llevar una vida productiva. Porque en sus noches, el valor de las cosas sí que se multiplicaba y se hacía visible como una serpentina fosforescente en un baile de graduación americano. Entonces sonaba Nancy Sinatra y la vida lucía un vestido rosa de volantes. Y, por lo que sabía, no era de buena educación retirarse pronto de las fiestas. Ana detestaba esa clase de gente que deja de pasárselo bien y se retira de escena porque al día siguiente tiene que terminar de darle forma a un proyecto que, la verdad sea dicha, seguramente tiene pocas posibilidades de salvar el mundo. Pero lo cierto es que huía de su cama, de la imposibilidad de cerrar los ojos mientras allí fuera, en algún sitio escondido, se celebraba una fiesta. Huía de ese momento crucial en el que se espera que esa forma que acabas de dar a la almohada sea exactamente la adecuada y capaz de mantenerse intacta al menos por ocho horas. Huía de ese otro momento ritual en el que, sentada sobre su cama, mirándose a sí misma en el espejo, esperaba una mueca reveladora que decidiese por ella el horario al que debía poner la alarma. Detestaba esperar ese momento que curiosamente casi todo el mundo disfruta, ese de transición embriagante entre el sueño y la vigilia. Y no quería esperarlo. Temía estar perdiendo el tiempo. Temía encontrarse con la muerte. Y es que en su lista de las peores palabras de seis letras, el tiempo y la muerte se disputaban el primer puesto, entre muchas otras como cáncer, estafa y cloaca.



















Llamó a Pedro. Ella era su musa y él era, para ella, tan cercano como las blusas de verano. Esas con estilo y made in Italy que no se pegan al cuerpo porque el “género” es bueno. Él se apegaba siempre al alma de una, nunca al cuerpo, y también pertenecía a esa clase de gente que puede llamársele bueno en el sentido más machadiano del término. Y a ella le gustaba la metáfora: Pedro era una de esas blusas de primera calidad y, no sólo eso, sino que era una de las que más le gustaban.
Ana tenía la costumbre de hacer llamadas telefónicas a cualquier hora del día y, lo que es peor, de la noche. No porque fuera una maleducada. Su madre nunca le hubiera permitido hacer una llamada después de las 10 de noche que no fuera realmente imprescindible. Claro que saber qué era lo realmente imprescindible de la vida no era una cosa muy fácil de averiguar. El problema se reducía, pensó alguna vez, a que para ella casi todo resultaba imprescindible, fatal, impostergable. Y entonces supo que todo, al fin de cuentas, era una cuestión de tiempo y no de espacio, conclusión de la cual salía perjudicada pero que le parecía tan lúcida que, por esta vez, no iba a caer en la autocondescendencia de cambiar la teoría porque le iba tres tallas más grande. El hecho es que ella se entendía a la perfección con los espacios, los dominaba, los hacía suyos de un modo tan intenso que parecía echar raíces en todos ellos. Como los álamos, esos del pueblo. Esos que siempre volvían con recuerdos que olían a tierra mojada, y también cuando alguien le requería lúdicamente que pronunciase con la mayor rapidez y a la mayor brevedad posible un nombre de árbol que empiece con “a”. Ya sabéis, ese rollo de los elefantes en Dinamarca…
Pues por eso llamaba a Pedro. Esa noche se había convencido de quizás sí era posible que hubiese elefantes en Dinamarca. Ana había descubierto, con terror, con asombro y –¿por qué no decirlo?- cierto aire de corroboración, la prueba más fuerte que había recibido en su vida sobre el poder de su mente. Llevaba años intentando leer los pensamientos de la gente mirándolos fijamente en el entrecejo, truco que también utilizaba para hablar con los bizcos cuando se agotaba de virar alternativamente su mirada. Eso era algo que nunca podría corroborar, pero de todos modos la divertía y eso ya contaba como motivo suficiente para seguir practicándolo. 
Ana llevaba ya unos días largos evocando a Lucho, el chico que le quitaba el sueño y las bragas en las últimas semanas. Pero había un problema, y era que se trataba de conceptos mutuamente excluyentes: de un tiempo a esta parte sólo se las quitaba en sueños, y por eso, más pensaba. Casi siempre pensaba en él tumbada en el sofá, con música de fondo y un cigarrillo en la mano.  Pero esa noche sí que sus pensamientos habían ido lejos: hacía cábalas, calculaba probabilidades y teorizaba sobre los tiempos paralelos. Y todo ello la fue llevando a pensar que quizás eso de las idas y venidas de Mahoma y la montaña no fuera un concepto tan equivocado. Nunca estaba segura de quién o qué tenía que ir a qué o a quién en el refrán: la inmovilidad de la montaña venía a joderle toda la lógica al asunto y eso la desesperaba. Pero, en cambio, sí estaba segura de que había que coger al toro por los cuernos y quemar todas las naves en la batalla. Esas tres grandes perlas de refranero ilustrado tenían que tener algún sustento real, después de todo, alguien se las había inventado. Y ella estaba convencida de que la gente que inventaba los refranes y las máximas populares era gente bien experimentada. Luego recordó eso de que la carta echada no puede ser retirada y que los cementerios están superpoblados de valientes. Pero si había dos cosas con las que ella no podía eran la muerte y la prudencia, y últimamente había empezado a considerarlas como sinónimos de una misma y gran cosa, mucho más triste y oscura, pero que todavía no había definido y, por consiguiente, no había tomado forma. Pues para que las cosas existieran en su mundo, y para que existiesen como ella quería que lo hicieran –pues de otro modo, no valía la pena querer que existiesen-, esas cosas tenían que atravesar un sinuoso derrotero escarlata, que empezaba por sus ojos y terminaba en sus pechos. Las cosas tenían que penetrar en su cabeza, como espadas filosas con las que se enfrentaban a duelo los hemisferios de su cerebro hasta desintegrarse en definiciones que luego florecerían por su cuerpo. Definiciones que también eran sinuosas y rojizas, pero que le permitían pasárselo bien en ese mundo llano y gris en el que había decidido que ya no quería vivir. No porque tuviera intenciones suicidas, sino porque era un mundo demasiado aburrido, en el que cada quien se las montaba como podía y ella no podía menos que hacer lo propio. Y en este caso –y aunque odiaba las redundancias- lo propio era montarse un mundo propio, pero sin ninguna tendencia independentista o separatista. Pues el mundo-A era una región integrista, que no competía con el mundo real ni por asignaciones presupuestarias ni por ninguna otra chorrada por el estilo, de esas que había estudiado en la universidad y que, consecuentemente con su decisión, también habían dejado de interesarle. Después de todo, Ana era un tía muy coherente. Al menos consigo misma.